Mar Florès

El Capital en el Siglo XXI: Visión de Piketti

In Economía política on July 9, 2014 at 4:07 pm

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El libro de Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, ha despertado el interés de un sinnúmero de especialistas en economía y política en el mundo; entre ellos el académico Beethoven Herrera, quien distingue a este autor francés de Karl Marx, ya que éste ha sido comparado con el autor de la obra El Capital.

Piketti estudia la creciente desigualdad en el mundo y, tras analizar históricamente el comportamiento del ingreso y la riqueza, concluye que la desigualdad es inherente al capitalismo. Profundiza particularmente en la problemática que enfrenta Estados Unidos y prevé un escenario poco alentador respecto al bienestar colectivo.

Con registros tributarios de 20 países en 300 años, Piketty muestra que desde la última década del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, la élite económica de Europa –el 1 por ciento de la población– concentraba el 60 por ciento de la riqueza.

En este periodo, conocido como la belle époque, la concentración fue posible gracias a que las ganancias producidas al capital crecieron entre el 4 y el 5 por ciento, con impuestos mínimos, mientras la economía crecía 1 por ciento.

La Segunda Guerra destruyó la economía europea y en la posguerra se impusieron altos impuestos para redistribuir la riqueza, y en los años 70 hubo estancamiento tecnológico y lento crecimiento de la fuerza laboral, retornando la desigualdad.

En las últimas tres décadas del siglo XX, la desigualdad llegó a niveles similares a los de la belle epoqué, animada por fuerzas divergentes que estimulan la desigualdad cuando los mercados están poco regulados. Así formula la ley de la divergencia, que ocurre cuando el rendimiento del capital(r) es mayor al rendimiento del producto y del ingreso (g). ¡Desde 1700 hasta el 2012, la producción real creció 1,6 por ciento, en tanto que el rendimiento del capital fue del 4 al 5 por ciento!

Como esta segunda belle époque trajo reconcentración, concluye que la distribución de la riqueza se comporta en forma de U, con alta desigualdad al inicio, reducción en el periodo del Estado de Bienestar y reconcentración en el periodo neoliberal.

Piketty concluye que los sueldos de los ejecutivos no obedecen a las leyes de mercado ni a mérito y, para Estados Unidos, los ingresos del 1 por ciento de los asalariados se han incrementado en 165 por ciento, en tanto que el ingreso del 0,1 de los asalariados en un 362 por ciento: en dos décadas EE. UU. será controlado por herederos de grandes fortunas y conducirá a un capitalismo patrimonial.

Piketty sostiene que el capital y su renta está más concentrado que los ingresos de trabajo, de modo que el 10 por ciento de la población recibe 25 por ciento de los ingresos del trabajo total, mientras que el 10 por ciento de la población que recibe rentas de capital posee más del 50 por ciento de la riqueza y, en algunos casos, hasta el 90 por ciento.

Los datos del 2011 para Francia muestran que el 10 por ciento más rico posee el 62 por ciento de la riqueza, mientras que el 50 por ciento más pobre solo posee el 4 por ciento y, para EE. UU., los datos de la FED muestran qué decil más alto cuenta con el 62 por ciento de toda la riqueza y la mitad inferior solo tiene el 2 por ciento.

Piketty considera que la solución no vendrá del mercado y recomienda recurrir a la política pública para hacer que la economía crezca a la par con el rendimiento del capital, y propone un impuesto progresivo a las personas más ricas de 0,1 a 0,5 por ciento sobre fortunas menores a un millón de euros, el 1 por ciento para patrimonios entre 1 y 5 millones de euros, el 2 por ciento para casos entre 5 y 10, y entre 5 y 10 por ciento para quienes tengan más de 100 millones de euros. Para evitar que el capital permanezca ocioso, y porque un choque no sólo es incontrolable e imprevisible (una guerra), la mejor forma de reducir la brecha de la desigualdad, sugiere el autor, es un impuesto mundial anual y progresivo. Dado que la sociedad global es ineludible, lo único que nos queda es pensar en ella como un país más grande, donde los principios de información abierta y la equidad sean los rectores de la política económica.

Stiglitz y Krugman han valorado positivamente los aportes de Piketty, pero hay críticas referidas a cuestiones metodológicas, que pretenden poner en tela de juicio su tesis central.

The Guardian ha valorado la novedosa argumentación de Piketty, pero Financial Times aseguró que el libro de Piketty tiene información errónea y sostuvo que “el economista francés comete errores en las proyecciones que hace para épocas en las que no había información” y, además, “se equivoca repetidas veces en el método que usa para distintos países y hace un uso tendencioso de las estadísticas”. El editor de Financial Times, Chris Giles, sostiene que el libro miente al decir que el 71 por ciento de la riqueza del Reino Unido está concentrada en el 10 por ciento de la población, pues la Oficina de Estadística sostiene que solo llega al 44 por ciento, pero esta medición solo tiene datos desde el 2006 y está en fase experimental.

Piketty afirma que existen otras investigaciones publicadas después del libro que refuerzan la tesis de que la concentración de la riqueza ha aumentado.

The Economist (mayo 29/14) ha catalogado a Piketty como el nuevo Marx, pero la critica marxista se centra en la producción, en tanto que Piketty se refiere a la distribución, y cree que el colapso del capitalismo se genera por la desigualdad, mientras que Marx lo atribuía al descenso de la tasa de ganancia.

Este es un libro que vale la pena leer para comprender un ángulo del fenómeno de la desigualdad y la concentración de la riqueza en unos pocos en el mundo. Para el autor: “La gente que hereda riqueza sólo necesita ahorrar una porción de su ingreso del capital para ver que el capital crezca más rápido que la economía entera. Bajo esas condiciones, es casi inevitable que la riqueza heredada dominará, por amplio margen, a la riqueza obtenida por el trabajo de una vida entera, y la concentración del capital llegará a niveles extremadamente altos —niveles potencialmente incompatibles con los valores meritocráticos y los principios de justicia social que son fundamentales para las sociedades democráticas modernas”.

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